Mi primera vez en el Campín

por Aleomanaz


Por: Alejandra Omaña (@Aleomanaz)

Estaba ansiosa. En los filtros, sentí que las agentes me requisaban de más, como iniciando el previo a lo que sería una noche de calor entre Santa Fe y el Clube Atlético Mineiro de Brasil.

No había ido al Estadio Nemesio Camacho El Campín porque en Bogotá tengo amigos a los que les gustan los libros, no el fútbol. Además, en Bogotá acostumbré a pagar la mitad de las cuentas -cosa que no se hace en provincia-, y la verdad, pagar una noche en una ciudad tan cara, por ver a un equipo que no es el mío, no me iba.

Antes de iniciar el partido, caminé con juicio hacia la tribuna. Me sentía como en un programa de televisión, con demasiadas luces y miradas que venían al escote de la ligera camisa que llevaba. Luego vi que estaba muy mal vestida para la ocasión, pues al estadio hay que ir como con ropa más gruesa (cosa que no entiendo, porque así de vulgar como iba, no dejé de sudar un minuto. Problema de calentana.). Las luces no dejaron de sorprenderme, porque en el Estadio General Santander, de Cúcuta, siempre es oscuro como un bar barato y los reflectores están tuertos.

La grama también es muy bonita. Es obvio que no la alquilan para encuentros cristianos, como se hace en Cúcuta.

En las tribunas ponen bonitas banderas con alientos al equipo. No hay ninguna del alcalde Gustavo Petro. En Cúcuta hay demasiadas del alcalde Donamaris. La verdad, es que el alcalde de Cúcuta tiene un problema de personalidad que hace que requiera mucha atención, así que puso en la entrada una valla con las cifras de unas casas que no hizo y adentro una muy grande que dice que apoya al equipo y gracias a él el equipo está en la A. Siempre he querido hacerme al lado de esas pancartas para pegarles chicles o llenarlas de grasa del bofe que venden dentro del estadio.

En El Campín, desde los palcos, una voz anuncia los himnos y los cambios. Hasta la voz es diferente al General Santander. En Bogotá suena a call center, en Cúcuta suena a locutor de emisora popular y cada dos minutos agradece por su gestión al alcalde del trastorno.

Como ritual del primer tiempo, comí lechona. Deliciosa, la verdad. La arepa estaba de más. Creo que le quita espacio a más lechona. Me sentí rara porque fue la primera vez que comí en un estadio sin desconfianza. Vi el marrano tendido en una bandeja de metal. No había posibilidades que estuviera comiendo otra cosa. Sabía que no eran butifarras de dudosa reputación de las que comí en los partidos en Barranquilla, ni eran paletas de agua hechas con agua sin hervir -porque en Cúcuta hay que hervir el agua-, de las que se comen en el General Santander.

Luego de la lechona, cuando acabó el primer tiempo, con 0-0.  Fui al baño. Me acompañaron por seguridad, pero no era necesario. Nunca me había sentido tan tranquila en un espacio con tantos hombres. Hay miradas, pero no comentarios morbosos. Tras la pasarela hacia el baño, descubrí lo que más me impactó: NO hay que pagar por entrar al baño. Y regalan el papel. Y los baños están limpios. Y tienen espejo. En el General Santander hay que pagar por el derecho a baño y tres cuadritos de papel barato, para entrar a unos baños, también de luz tenue. Antes, entraba a uno que siempre tenía una llave dañada por la que se botaban chorros de agua que ya habían formado una gruesa capa de hongo verde.

Tras el baño, regresé a mi puesto. En el segundo tiempo, cuando ya le iba tan mal al equipo local, me concentré en una mariposa que volaba sobre el estadio y en la forma de celebrar de la tribuna. Ahí extrañé realmente a Cúcuta. En El Campín el rolo esfuerza la voz por que salga duro el grito y finalmente lanza un alarido tierno, sin profundidad ni protagonismo. En cambio en el General Santander, un grito calla a los demás hinchas y viene seguido de una oleada de carcajadas, porque todos tienen muy buenos apuntes. En Bogotá el hincha no pasa de la grosería de siempre. En Cúcuta se le antecede con un “setentadoble…” o “Indio catre…” y hay apuntes.

El otro día, en el partido contra el Cali, un hincha del Cúcuta le gritaba a Fernando “Pecoso” Castro –que fue técnico del Cúcuta Deportivo- que ya se sentara, que no nos goleara más, que se fuera a pagar el vale donde La Sorda, que es uno de los prostíbulos más conocidos de Cúcuta. El Pecoso se río. Él sabía qué era La Sorda. Y si uno no se ríe de los apuntes se ríe del hincha. En ese mismo partido, del Cúcuta – Cali, un hincha gritó durante todo el partido “vamos Cangá”, “pásensela a Cangá”. El tipo no se dio cuenta que todo el partido, Cristian Cangá estuvo sentado a unas sillas de nosotros porque estaba lesionado. Lo confundió con otro negro. (Abrazo para Cangá).

Pasa que si no hay buen fútbol, enmendamos con buenos chistes o con burlas para Michael “Sudadera ancha” Etulain, bautizado así por un periodista cucuteño. Es decir: Santa Fe tiene mejor estadio y mejor fútbol en este momento, pero no una mejor hinchada.

Al final, Mineiro metió un gol. Los rolos se fueron tristes. Yo también, porque no vi bonitos goles locales, ni mucho movimiento a pesar de ser un partido de la Copa Libertadores. Después regresé a otro partido, pasó casi lo mismo, pero el Santa Fe goleó al Medellín y descubrí que había otro baño más cerca y me ahorraba el desfile. La fecha siguiente el Medellín goleó al Cúcuta en el General Santander. A ese no fui. No fue nadie.

 

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