Cómo son las ganas de morir

por Aleomanaz


La serotonina es un neurotransmisor que me hace funcionar bien y es lo que mi cerebro no produce correctamente. Es un error biológico, como sufrir de los riñones o tener asma. Lo curioso es que no nos ataca en los órganos, nos da en las emociones. No duele en la cabeza, ni en las articulaciones, no produce diarrea o fiebre. Solo duele el alma, que se apachurra como una hoja de papel que va a la basura. Y para ese dolor de alma hay pastillas que tomo hace más de un año, que ya debería dejar de tomar, pero hoy, que la atrasé un par de horas, tuve una crisis que me hizo pensar que la necesito todos los días de mi vida para no morir joven.

El día que mi doctor me diagnosticó, lloré por sentimientos encontrados. Por una parte sabía que por fin llegaba la estabilidad emocional que nunca había experimentado y por otro, me lamentaba por retrasar durante tanto tiempo esa visita al doctor. Mi fallido intento de suicidio, las lágrimas diarias, las oportunidades idas, el daño que causé a la gente que me amaba, pude habérmelos ahorrado si hubiese visitado a un médico de verdad. En Cúcuta vi uno cuando era más chica y murió papá, pero no servía de mucho. Me tenía el cerebro en blanco. Era un ente no pensante, al punto que llegué a parecerme al común de mis compañeras del colegio de monjitas.

Luego de la medicación las recaídas fueron menores en número e intensidad. Antes me daban cada dos o tres días. Las horas en la cama, sin comer, entre lágrimas, se convertían en un repaso exhaustivo de las posibles formas de muerte no dolorosa. Mi pobre mamá tuvo que acompañarme en lavados estomacales por sobredosis de fármacos y enfrentar el problema de alcoholismo que ya tenía a los 13 años.

Luego de la medicación las recaídas no han sido fuertes. Tuve un par que iban de la mano con la relación tóxica que llevaba con mi ex. Luego de acabar la pesadilla sentimental, las crisis son minúsculas, como la de hoy, que duró diez horas en cama sin probar comida. Esta vez no pensé en morir. Hice un repaso por mis días y vi que todo va bien, que tengo inconvenientes chicos, pero todo va de maravilla. Asimilé la crisis y me tomé el día, tarareando canciones hasta que el hambre me quitó la fuerza de tararear. Sepan que supe acabar el día con una hamburguesa todoterreno doble tocineta.

El día que más me dolió, fue cuando frente a un espejo comprobé que si me colgaba, los ojos me quedarían por fuera. Lo noté mientras me ponía morada al bloquearme el aire desde el cuello, con una sábana.

La depresión ha sido parte de mí. Quizás ahora que es llevadera es que comprendo por fin quién soy de verdad, porque antes era una niña que a diario intentaba convencerse de que valía la pena vivir un poco más, pero al mismo tiempo quería acabar con esa tristeza infinita que le quitaba todo el color a los días soleados. Ahora conozco mis gustos, mis límites, mis ideas, mis costumbres. Me conozco feliz.

Estas intimidades se las prometí a un chico lindo, que me dijo que esta enfermedad es muy común y que se necesitan personas que hablen de ella, porque ni los mismos que la sufren saben que el cerebro hace que les duela el alma.

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