Los que sobran (o por qué detesto a los que putean en el estadio)

por elrincondelhincha


El estadio. Esa segunda casa para los que tenemos el alma de colores. Un lugar único en el mundo, donde la pasión se lleva al límite y cada sensación se potencia hasta llevarnos al delirio, a la depresión, a la ira y todos los extremos de nuestro comportamiento humano. Mi segunda casa es El Campin de Bogotá, un lugar donde he tenido quizás más decepciones que alegrías, pero al final, un lugar al que siempre vuelvo porque cada celebración vale por un millón de tristezas.

Sin embargo existe una razón por la cual en diferentes oportunidades salgo realmente decepcionado del estadio, inclusive más que cuando pierde Millonarios. La razón se la cargo al comportamiento del público, de la hinchada, una parte mínima de nuestra inmensa hinchada para ser sensato. Hasta aquí lloverán críticas de la aparente dosis de moralismo que transmite esta tesis preliminar y que a continuación quiero desarrollar. Acá no les escribe un espectador ejemplar, ni alguien que quiere instaurar un comportamiento fijo en un lugar en donde la magia de asistir está en descargar las emociones que produce el espectáculo. Les escribe un hincha cualquiera, enamorado de Millonarios, y que le duele ver la violencia con que a veces se arremete contra los jugadores del club que tanto queremos.

Es tremendamente obvio que ante la derrota haya protesta, manifestación de inconformidad en su máxima expresión; de la misma forma que cuando se produce un pase errado, un error de concentración o es evidente la displicencia -individual o colectiva- en los jugadores. También, cómo no, debe haber reprobación si se considera equivocada una decisión de nuestro técnico (duramente criticado en estos días). Hay que protestar, hay que exigir excelencia en el equipo, es nuestro derecho divino de hincha, nuestra responsabilidad. Pero existen formas, maneras diferentes de expresar la discordia, que seguramente podrán ser más efectivas y acordes con el fin común que debería tener la manifestación: la construcción, siempre por encima de la destrucción.

En un hermoso texto del escritor Eduardo Sacheri, donde con delicadeza se dedica a la selección del futbolero ideal a partir de la exclusión de lo que él considera nocivo para la tribuna y para el fútbol, se expone con precisión las características de algunos de esos hinchas que sobran en las gradas: “…dejemos claro que tampoco vengan los amargados seriales. Por favor. Esos que también se queden al otro lado de nuestra raya de ladrillo. Esos que al minuto de juego empiezan a insultar como si supieran jugar, esos que destilan toda la bilis que juntan en los otros escenarios de su vida nada menos que acá, en la cancha, donde nos toca a nosotros aguantarlos, por favor, absténganse de aproximarse. Sigan ahí, bien lejos. Con su actitud de ofensa fácil, con sus aspavientos de maridos cornudos, por favor, en serio. Ahí, quietos. Que los elija otro…” Personalmente, a esos yo tampoco los quiero en Millonarios. Prefiero la silla vacía.

Ver a niños gritándoles “pirobos” a los jugadores propios y a otros hinchas arremetiendo con agresiones verbales como ‘fracasado’, ‘malparido’ e ‘hijo de puta’ al jugador que se equivoca en el pase, que no completa la jugada como se esperaba o que simplemente falla, es una tristeza. Da coraje. Da coraje porque no aporta a la solución, da coraje porque parecen no entender que ese jugador es un ser humano, que sufre, que tiene mamá y que no merece ser llamada prostituta por sus falencias técnicas o por una mala tarde futbolística.

Da coraje porque el insulto lo va llenar de miedo, de imprecisión, cuando lo que más necesita es todo lo contrario. A esos jugadores habría que animarlos a ser mejores, con un ‘¡vamos!’ o sí se quiere con un ‘¡pongan huevos!’ bien efusivo; simplemente incentivarlos al esfuerzo con confianza. Son humanos, carajo. Nadie quiere a un inconsciente e insensible azotándolo en la oficina ante cada error. No, señores. No se trata tampoco de aplaudir la equivocación o bancarse a un pésimo jugador toda una temporada. Existen miles de formas de reprobación masiva que excluyen el maltrato. Han sido muchos más los jugadores con potencial que se han destruido por no cumplir con la exigencia del hincha  bien llamado “amargado serial”, que los jugadores limitados que han sabido administrar sus condiciones con éxito gracias a la confianza de la tribuna.

La tribuna nos define como sociedad. Así como somos triunfalistas en los escenarios positivos, también somos expertos en crear el caos y mandar todo a la mierda cuando no salen las cosas. Con razón alguna vez el “Tren Valencia” dijo públicamente que en Colombia hay más racismo en el fútbol que en Alemania. Reflejo absoluto de nuestra falta de educación, de nuestra salvaje y muchas veces ignorante cultura. Es probable que este texto sea utópico, tal vez excesivamente romántico en la idea y excesivamente amable con los jugadores que no soportamos.

Simplemente creo que un estadio en pro del equipo, a pesar de cualquier circunstancia, será más influyente en lo positivo y tendrá siempre más chances de ayudar a revertir situaciones negativas en la cancha. Tenemos la mejor hinchada del país, la más incondicional, la más grande y también una de las más exigentes. La hinchada más espectacular cuando está puesta en escena. Qué lindo sería comenzar a caracterizarnos por no aprobar el comportamiento de los “amargados seriales”. Esos que se creen dueños de la tribuna y con autoridad moral para ir repartiendo madrazos al jugador que no cumple sus alucinaciones de absoluta perfección. Señores, esos son los que sobran.

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